• Óscar Alonso Molina

El dibujo nos pone de rodillas: Vicente Blanco expone en Galería Silvestre "Todo lo que fue tocado"

La serie de dibujos, cuyo "preview" pudo verse la semana pasada en Drawing Room Art Fair 2021, destacando como una de las diez mejores obras de la Semana del Arte de Madrid, según LICEO Magazine, puede verse por completo a partir de éste sábado 05 de Junio y hasta el próximo 24 de Julio en la Galería ubicada en Doctor Fourquet 21.


El dibujo ha resultado nodal en el trabajo de Vicente Blanco desde siempre. Así, por poner dos ejemplos muy distanciados en fechas y apariencia, tanto aquellas sucintas animaciones con las que se abrió un hueco en el panorama de su generación a partir de la segunda mitad de los noventa, como sus recientes relieves, que pudieron verse en esta misma galería hace un par de años, ofrecen el testimonio de que para este artista la acción de sintetizar la imagen de lo real por medios gráficos, donde prima el análisis de la forma y la concreción más inmediata de la apariencia, pasa inevitablemente por los dominios del dibujo en cuanto que herramienta de pensamiento. Cierta voluntad de representación esquemática, o la manera depurada pero un tanto austera de su sintáctica, e incluso la tendencia a presentar la idea motriz abierta a posibles nuevas concreciones formales a posteriori, pueden detectarse en todo el trabajo: desde sus collages, recortes, superposiciones y piezas objetuales, a sus murales e instalaciones, llegando a los trabajos sobre papel y tela que aquí os presento, en los cuales por momentos el dibujo confunde de manera cuidadosamente táctica sus materiales característicos, procesos y estrategias, con los de la pintura. No es, por tanto, una mera

cuestión de técnica, de adscripción, cuanto genuinamente disciplinar, literalmente: es decir, de cómo someter el vastísimo campo de posibilidades que ofrece cualquier escena mental a la voluntad de una decisión subjetiva, autorial; de dominarla.


En esto, la predominancia de los aspectos conceptuales y lingüísticos del dibujo, su naturaleza cercana al mundo de la Idea -por decirlo a la manera clásica-, es aprovechada por él con plena consciencia. Las escenas de Vicente Blanco quieren ser narradas una y otra vez, con una insistencia que al cabo resulta casi desasosegante para el espectador, pues nunca se le ofrecen del todo, quedando insatisfecho del orden del relato que probablemente pueda organizar con los elementos fragmentarios que ellas mismas le ofrecen. Por otro lado, los efectos de ralentí (esa forma contemporánea de tragedia) a los que recurre el autor son fundamentales para conseguir tal suspensión del sentido: el significado se mantiene pendiente de un hilo, fluyendo muy lentamente por medio de una corriente mínima que no desemboca en el desenlace de la trama.




Esta especie de capitulación al espectro del lenguaje y del deseo está sin duda relacionada también con el componente alegórico que indiscutiblemente desprenden sus obras recientes. Fábulas donde lo animal cobra facultades humanas, o viceversa; cuentos y leyendas en cuyo desarrollo vemos aparecer elementos que podemos atribuir con facilidad al folclore, ritos de paso, liturgias paganas; ceremoniales en medio de una naturaleza poblada de espíritus… Se trata de situaciones eminentemente contemporáneas, según vemos por la forma de vestir de sus personajes, por el diseño de los objetos y las características de los espacios que los rodean, sus peinados, e incluso sus gestos, pero que en paralelo nos remiten a un mundo arquetípico de viejos saberes, relaciones ancestrales, jerarquías ocultas e impulsos recónditos, que en su conjunto empujan los significados al universo del mito y el ritual.


La primera vez que vi esto con claridad fue al fijarme en la foto del WhatsApp del artista en la que aparecía de rodillas delante de un dibujo, suponemos que trabajando en la parte baja del mismo, rodeado del desorden habitual del estudio, con sus papeles y recortes alrededor, con su perra tumbada despreocupadamente al lado, indiferente como si no pasara nada... Parece descalzo; parece vulnerable. Y allí está Vicente, de espaldas a nosotros mientras desde el plano del papel tres personajes masculinos quedan por encima de él y lo rodean. Dos de ellos trajeados, el tercero desnudo. Vicente diríase en esta instantánea rendido, castigado, sumiso. Entregado a la autoridad fantasmagórica del dibujo, pero también a la presencia dudosa, casi imaginaria de estos hombres arquetípicos que se mantienen por encima de él como si de una escena sutilmente sadomasoquista se tratara. El artista como un boy-toy en una reunión de erotismo latente, de ambiguas capitulaciones y sumisión... Como la obra está poco más que empezada, todo el fondo es de momento un color plano, un espacio vacío y sin coordenadas de profundidad del que emergen estos tres individuos quienes, además, todavía no se apoyan ni se asientan en ningún lado. Están y no están para nosotros, en un curioso efecto estroboscópico; no pertenecen al mundo, pero no cabe duda de que no hay otra cosa para el artista en ese preciso instante en que la cámara le ha sorprendido a sus pies. Las manos de los tres hombres, que a medida que el trabajo avance veremos descansar sobre reposabrazos de sofás o apoyarse en hamacas, de momento quedan tendidas hacia el aire (el vacío central que ocupa Vicente), como queriendo llegar al propio artista… Deseo en suspenso e intangibilidad, como es propio del dibujo. Es, ya lo veis por vosotros mismos, una foto rarísima e inquietante, una imagen significativa y hasta me atrevería a decir elocuente, que él mismo eligió, destacándola supongo porque encierra un potencial alegórico para desentrañar esas mismas relaciones de poder y disciplina que os he apuntado antes dentro de su trabajo. Os la propongo aquí como emblema de su labor reciente; un emblema cuya leyenda sería, qué duda cabe: “el amor nos pone de rodillas”.




Una vez completado, cumplido el camino de Vicente con relación a sus dibujos, estos nos desvían bruscamente a otro plano. Es cierto que el latente homoerotismo los atraviesa en su estado final, y también que el descifrado de la cultura material que reflejan se siente más como una afirmación del gusto propio, que como un reto a la erudición de quien mira. Porque cuando nuestra vista tropieza con objetos de diseño y formas genéricas que aluden elípticamente a la memoria culta de las artes aplicadas (con abundancia de la vanguardia y el periodo tardomoderno) o de la arquitectura, fragmentos de la Historia del arte, no parecen interpelarnos de manera citacionista, sino que todo ello define más bien una cierta sensibilidad para las figuras y los productos que rodean al cuerpo, integrando por sí mismos una narración paralela, un rumor de fondo que se deja interpretar por sí mismo en el contexto de la sensibilidad. Pero más allá de estos matices que van tramando un ambiente específico, una idea de habitabilidad (en el marco del hogar o de la naturaleza, tan presente en estos trabajos recientes), el planteamiento general de la obra reciente se gira, como os digo, hacia otro plano -donde creo además que está actuando con mayor acuidad-, preocupado por establecer un vínculo imaginal entre la vida arcaica, primitiva o rural, ligadas en todo caso a la naturaleza y a la conservación de los saberes tradicionales, con la esfera contemporánea de la producción y el consumo. Son, claro está, los dos ámbitos donde se instala tan necesaria como conflictivamente el mismo artista, su realidad y su deseo. Entre la visión edénica del origen (el estadio naturaleza) y la capitulación tecnológica, asistimos a la paradoja de que el desprecio por el medio natural se ha instalado ya con toda firmeza en el propio sistema que habitamos, que nos envuelve y devora, incapaz de reconocerse a sí mismo como sujeto al verse sólo como objeto; mientras que las iniciativas para su conservación, no sólo más lúcidas, sino más viables, son ya irremediablemente artificios de la cultura metropolitana. Una tensión entre naturaleza y cultura, entre nacimiento y producción que Vicente nos presenta a lo largo de estos trabajos para su nueva exposición madrileña plagados de capas y superposiciones, de recortes y máscaras, de variantes del collage donde la unidad orgánica de la figura-escena-imagen-relato se descompone y fragmenta, se aleja del estado embrionario para enriquecerse y complicarse. Fijaos lo que le pasa a las plantas y los animales, por ejemplo; fijaos en cómo actúan los hombres en ese mundo que sin ser paradisiaco está atravesado por la magia y lo maravilloso, pero también por el dolor y la crueldad. Semejante tensión, digo, bien podría organizarse a modo de cuestión abierta, de simple pregunta: ¿qué podemos decir del mundo que sea significativo y a la vez frágil?, ¿cómo conservar su esencia aun diciéndolo desde fuera? Bien, no parece sencillo contestarla, y Vicente lo ha intentado también desde el propio título: “Todo lo que fue tocado.” Pero para acabar, sólo quiero señalaros que, en la cercanía, en la compañía de los dibujos que componen esta exposición, tan enigmáticos en su intención narrativa como decididos en su negativa a la producción de un sentido aprehensible, quizá una espera silenciosa sea ya parte de la respuesta. Y como el artista sin lugar a dudas sabe, en tal renuencia a articular una proposición superficial más, un nuevo enunciado en este mundo saturado de significantes vacíos, lo que se traza es cierto posicionamiento ético con el pasado y el paso del tiempo, porque, como afirmó Gustav Mahler, “la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”.



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