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Isidro López-Aparicio (iLA): "quizás lo que deja de ser político empieza a no ser arte".

Hasta el 13 de Octubre el CCCC de Valencia expone un compendio de la obra de Isidro López-Aparicio, un artista ligado al compromiso humano y el activismo social.

 

 

La obra de Isidro López-Aparicio, íntimamente ligada al compromiso humano y al activismo social, parte de procesos integrados en lo colectivo. Su amplia trayectoria como profesional de la cooperación en entornos de conflicto ha modulado la irreductible dimensión ética de sus propuestas artísticas. Las obras que se despliegan en esta exposición no son el mero resultado de su acción sobre distintos objetos; todas ellas responden a una entrada directa en escena, implicándose de lleno en la realidad y con el firme asidero del respeto hacia el «ecosistema humano» con el que establece el diálogo.

 

Son muchas las áreas de reflexión que se desarrollan en 'La misma sombra'. Sin embargo, por la operatividad de esta breve presentación, el «argumento» expositivo podría sintetizarse en tres proposiciones como son la identidad, la frontera y la migración, y su tejido dentro del actual Orden Global. Para López-Aparicio, la clave reside en actuar de manera concreta —no solo conceptualmente— para poner en evidencia conflictos sociales de nuestra esfera pública: entre otros, la justificación de las desigualdades como daños colaterales de un supuesto progreso infinito; los retornos violentos del etnocentrismo y del autoritarismo como respuesta a las actuales presiones migratorias; o la hipocresía del amurallamiento tardomoderno, cuya ineficacia funcional lo convierte en una perversa performance del poder.

 

A propósito de esta exposición en en el Centro de Cultura Contemporánea de El Carmen, en Valencia, iLA conversó con J Guardiola para sietedeungolpe.es

 

¿Qué sombra es esa a la que se refiere el título?

Pues a la que proyecta el sol, que nos une a todos. Hace referencia a que todos somos iguales, y son los distintos sistemas políticos y las estructuras identitarias los que intentan hacernos creer que hay diferencias entre nosotros. En absoluto somos unos más valiosos que otros. Así que lo que en esta muestra se genera es un canto a la humanidad, a la hermandad, a la identidad, pero desde la cercanía de unos a otros.

 

En la presentación de la muestra se habló de usted como de un sujeto que cree que el arte puede ser herramienta de transformación social. ¿En qué sentido?

Me gusta poner el acento en la palabra “transformación”. Yo trabajo en un institución de mediación y conflicto como artista, y, frente a creadores que hablan de «resolución», yo prefiero tener en cuenta que la paz siempre será imperfecta, dinámica, holística, por lo que prefiero optar por el término «transformación». Y las transformaciones del arte también pueden ser negativas: conocemos a muchos dictadores utilizando el arte con fines perversos. Los míos se centran cien por cien en la defensa de los derechos humanos, sin ocuparme tanto en personas o culturas específicas. Hay gente que me dice que soy muy defensor del mundo musulmán. Tampoco es cierto: He trabajado mucho de Sudán a otros destinos islámicos, pero no puedo defender una religión o sociedad amparada en ella que defiende la pena de muerte para, por poner un ejemplo, los homosexuales. Estoy totalmente en contra. Pero tengo que defender al palestino en tanto en cuanto haya un abuso de derechos humanos para con él. Pero también defiendo al ortodoxo al que, los mismos musulmanes, con el dinero de los emiratos, hacen con él lo que los hebreos hacen con los palestinos. Yo me baso en la defensa de los derechos humanos independientemente de quien sea el que los vea mermados. Bajo la misma sombra. No hago distingos.

 

 'Colgados'

 

¿Y cómo se consigue que el trabajo no caiga en el panfleto? El material que maneja es sensible. ¿Cómo se logra no instrumentalizar a las víctimas?

Lo primero, como digo, es no caer en la ocurrencia. Yo no trabajo sobre inmigración, por ejemplo, por casualidad, sino porque llevo desde los 15 años implicado con la cuestión. Al comisario de esta muestra, Carlos Delgado, le sorprendía mi habilidad para diagnosticar contextos cuando llegamos aquí a Valencia. Pero es que llevo 30 años haciéndolo. Lo que debería sorprender es que sobre asuntos que ahora están de moda alguien lleve trabajando tres décadas, y desde muchos ámbitos. Por otro lado, yo no busco el escándalo. En Palestina, si uno conoce mi serie de Colgados (Between Balance and Reflection), lo más fácil era colgar en ese contexto a un palestino. Las estructuras de Santiago Sierra funcionan mucho mejor, es más mediático, pero yo no busco ese tipo de repercusión. Por eso también trabajo con las estructuras entrando y saliendo de ellas, manteniendo la autonomía… No me dejo capturar por ninguna de las estructuras capitalistas en sí mismas, sino que entro y salgo y juego con las capacidades de visibilización de los contextos…

 

¿Se siente cómodo con el concepto de artista político?

El problema es que bajo el concepto «político» arropamos muchos comportamientos. Yo hablo más de «compromiso social». Pero defiendo que cualquier arte es político. Hasta la pintura de paisajes si la planteas como placebo social. Es lo que ocurre en muchos países árabes, que estimulan la abstracción colorista para no evidenciar realidades. Quizás lo que deja de ser político empieza a no ser arte. Yo entiendo el arte como algo vinculado a lo humano.

 

 

"Igual que el alcóholico ha de reconocer que lo es, nosotros tenemos que asumir que somos esclavos del sistema, no solo por nuestros sueldos precarios, miedo al despido, sino a través de las emociones".

 

 

Se habla de la identidad, la frontera y la inmigración como los tres grandes temas que atraviesan esta muestra. Entiendo que esos no son todos los intereses de su autor.

Se quedan cosas fuera. Muchas. Y como buena parte de mi carrera artística se ha desarrollado en el extranjero, hay muchas cuestiones, muchas aristas que en España no se han visto. Se precisaría de muchas otras piezas para comprenderlas. Esta es una selección muy, muy específica, pero muy potente y muy bien construida. Y hay un punto que a mí me interesa y a la que aquí no se hace tanta referencia y es la de los sistemas políticos y la alienación que producen. He trabajado sobre la esclavitud en el siglo XXI, cómo el capitalismo, que nace en Estados Unidos, se sirvió de esclavos para determinados procesos de producción a coste cero, que cuando este se abole pasa a un segundo sistema de esclavitud tanto productora como consumidora en el que continuamos. Igual que el alcóholico ha de reconocer que lo es, nosotros tenemos que asumir que somos esclavos del sistema, no solo por nuestros sueldos precarios, miedo al despido, sino a través de las emociones, sin grilletes sino con otras tipologías. Hace poco a alguna compañía aérea se le ocurrió que podríamos viajar de pie. Si tú ves los planos de los barcos negreros del XVII y el XVIII eran iguales. Lo malo es que ahora entramos al trapo voluntariamente y pagamos por estas cosas. Siempre se habla de la violencia directa, pero hay que tener muy en cuenta la violencia simbólica y la estructural. Existe una gran violencia estructural, simbólica, por parte del capitalismo, ante la que somos sumisos y entramos (no nos importa que nos registren, que nos controlen… porque eso nos hace sentir seguros).

 

 

"Existe una gran violencia estructural, simbólica, por parte del capitalismo, ante la que somos sumisos y entramos (no nos importa que nos registren, que nos controlen… porque eso nos hace sentir seguros)".

 

 

En este sentido, es muy elocuente la obra 'Castillo de naipes', con retratos de los anteriores jefes de estado en España, ya que el retrato es la primera herramienta propagandística de la monarquía, que yo presento de forma muy exquisita para visualizar la fragilidad de un sistema. Yo no tengo la soberbia suficiente para dar respuestas, pero sí la obligación de hacer preguntas, y cuando presento ese castillo me estoy planteando qué sentido tiene una monarquía en el siglo XXI. También tenemos que cuestionarnos la democracia, ver a dónde nos lleva. Estamos legitimando a partidos políticos, a personas, como en su día se votó a Hitler, para destruir la democracia. El haber votado a Trump….

 

 'Castillo de Naipes'

 

 

¿Ha tenido en alguna ocasión algún problema con alguna institución u estamento?

Muchos. Pero siempre los he resuelto. Y siempre sin buscar el escándalo como objetivo. Igual que soy experto en resolución de conflictos, precisamente por eso sé cómo generarlos y con una rapidez brutal. Esos artistas que buscan generar conflicto para obtener impacto mediático instantáneo no tienen en cuenta si aquello genera valor. Yo he usado el conflicto cuando me ha permitido visibilizar situaciones. Una amistad, una confianza, necesita años para labrarse. Sin embargo, una enemistad se genera con muy poco. Ahora mismo vengo de Palestina: imagínate la de conflictos que he tenido para entrar y para salir. Convirtamos el conflicto en energía renovadora positiva.

 

 

Incide en la importancia de los procesos. Eso es lo que explica que muchos de estos resultados le hayan supuesto una dedicación de años.

A la hora de generar una obra, y teniendo en cuenta que el mundo del arte no es unívoco y no puedes controlar las repercusiones, sí que intento pensar en los efectos. Cuando hago una máquina que explota minas antipersona, eso precisa de un proceso que me lleva doce años poder desarrollar. Creo que en el mundo del arte, hoy, hay mucha ocurrencia.

 

Vamos, que no puede trabajar sobre cuestiones que no conoce de primera mano. ¿No le acota algo así?

Me suele pasar, como con aquella pieza que tenía hecha sobre Palestina desde hace años, pero que hasta que no he podido desarrollar el proceso entero no he dado por cerrada. Mis invertidos o colgados boca a bajo y en grupo, que suponen fórmulas para aprender a relacionarse con los demás en una situación extraordinaria, surge para las reuniones de paz de Colombia de 2002. Lo he repetido en el Sáhara, en otros lugares, y cuando Chus Martínez estando en el Museo del Barrio de Nueva York me llamó para mostrarlos allí me planteé si era preciso repetir la pieza o si ya se estaba solicitando por una cuestión estética. Desde luego sus imágenes son muy poderosas, con impacto en medios como la CNN… Y no las tenía preparadas para Palestina, pero consideré que tenía que hacerlas para ese contexto. Ahora, después de seis años, tras una experiencia con ese contexto, es cuando ha salido. También te digo que no creo que todo el mundo tenga que proceder así. Es mi forma de hacer y a mí me funciona. Y no en todos los momentos tengo por qué estar jugándome la vida.

 

¿Podríamos decir que la moraleja de su trabajo es la de evitar normalizar lo inhumano?

Sin duda. Y la colección migrante va por ahí. Para mí es una crítica necesaria al sistema capitalista cuyos excesos no podemos asumir sumisamente. Yo no puedo asumir un sistema social en el que parece que que la gente muera es un pequeño desajuste del sistema. Cuando la obra 'Balsa de especulación', que es una balsa con una casa de muñecas encima, pequeña, diminuta, la sitúas en el contexto y ante el paisaje de Benidorm, con sus rascacielos, se subraya el desequilibrio social tan brutal que hay, a la que hace falta poner imágenes. Una de las mejores críticas que me han hecho es que las obras «se mantienen en la memoria». Eso me encanta. Si consigo mantener en la memoria esas imágenes que demuestran desigualdades y equilibrios, me doy por satisfecho, pues supone no asumir como algo sistemático lo que reflejan.

 

 'Balsa de Especulación'

 

 

 

Lee la extrevista completa en www.sietedeungolpe.es

 

 

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