• Guillermo Espinosa

Guillermo Pérez Villalta: el arte como laberinto.

Hasta el próximo domingo 25 de Abril los amantes del arte podrán visitar la primera gran retrospectiva de uno de los grandes artífices de España.


No es 'El arte como laberinto' una antológica al uso: es un auténtico viaje donde el artista se convierte en Dédalo, y te invita a pasear por el laberinto de sus ideas. Efectivamente, un laberinto, diseñado por el propio Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948), que estudió arquitectura antes de dedicarse al arte, sirve de recorrido para esta travesía por la obra de un manierista consumado, a modo de subrayado sobre uno de los temas más evidentes de su ‘cultista’ pintura: las arquitecturas imaginativas, algunas imposibles, que el arte nos ha dejado a través de las pinturas que realizaron sobre todo los primitivos flamencos y los renacentistas entre los siglos XIV y XVI.



Guillermo Pérez Villalta siempre se ha reconocido como un amante de la belleza, sin necesidad de más excusas. La lleva practicando a su aire, sin vincularse a corrientes ni modas, desde que fuera uno de los miembros de esa Nueva Figuración que incluía personalidades y estilos muy dispares (Alcolea, Quejido, Gordillo o Sigfrido Martín Begué, por citar algunos). Y también cuando a finales de los setenta entabló amistad con una generación mucho más joven, que igualmente huía de lo progre, la instrumentalización política del arte y lo conceptual, y admiraban aquello que era simplemente bonito.


Durante la movida se convirtió en uno de sus pintores ‘oficiosos’, junto a Las Costus, Ceesepe (quizá su imitador) o Martín Begué, y realizó el cuadro que los definió como generación, 'Personajes a la salida de un concierto de rock' (1979). De todo esto, incluido el deseo homosexual y su pasión por la desnudez, hablamos con él.


¿Cuánto llevas preparando esta exposición, tan meditada? ¿Cómo surgió la idea? El comisario Óscar Alonso Molina y yo llevábamos casi dos años dándole vueltas. Desde que se planteó la posibilidad de hacerla, decidimos, en vez de una retrospectiva al uso, tirar por algo más apetecible: establecer un hilo conductor, una historia… Lo más curioso fue que al estudiar la planta de la Sala Alcalá 31, que no es un sitio fácil porque era un antiguo banco, me di cuenta de que estaba pensada según la “proporción armónica”. Una cosa muy sencilla que se emplea desde la antigüedad, y que se utiliza para todo: desde la arquitectura hasta el diseño de objetos. Viene a decir que, cuando haces una división de un espacio, cada parte es igual en proporción al todo, al conjunto de ese espacio. Eso alivia mucho a nivel estético, perceptivo… y al espíritu. Me venía muy bien esto, ¡porque es lo mismo que hago de siempre en mis pinturas! Y comencé a elaborar el trazado del laberinto, pensándolo ya de una manera expositiva: qué espacios podía crear y dónde y para qué. Las únicas correcciones han sido de orden de seguridad: ampliar una zona de paso si era estrecha…, esos detalles. Esto ha permitido que la exposición tenga un carácter muy simbólico.



Al fin tienes una muestra oficial… ¿Sigues sintiéndote apartado o ninguneado, como has manifestado alguna que otra vez? De algún modo, sí. No tanto apartado, es que creo que no encajo en el arte oficial español, tan dogmático. Pero no me voy a quejar: realmente he hecho muchas exposiciones, y hay un cierto sector del arte que me reconoce. De siempre he estado un poco al margen de las modas oficiales, por decirlo de alguna manera. Mi criterio estético lo adquirí muy temprano, a los veintiún o veintidós años, cuando me di cuenta de que el arte contemporáneo tomaba una dirección dogmática, unas líneas obligatorias que había que seguir que coartaban la libertad e individualidad del artista, y ahí cambié. Incluso adopté la pintura: porque yo nunca me he considerado pintor, siempre me he definido como “artífice”, una persona que hace cosas: arquitectura, diseño de objetos, escultura, pintura… cualquier cosa.



En esta exposición creo que se ven claramente tres amores tuyos: el primero, por la arquitectura imaginativa, tan propia de la pintura renacentista, y que realmente se ha dado pocas veces fuera de la pintura… Es así, efectivamente. En la Escuela de Arquitectura, cuando estudiaba, tenía ya grandes peleas con mis profesores y catedráticos. Era ese momento del predominio de la arquitectura moderna, sobre otros criterios más amplios, más estéticos, imaginativos, distintos… Recuerdo mis grandes broncas con el urbanismo, que por aquel momento proponía una arquitectura de bloques que, a favor de la economía, genera una vida social muy poco grata, un paisaje demoledor para el alma. Hay cosas que valoro mucho de la arquitectura, como que fomente la relación entre personas, esa ágora latina como espacio de reunión, y veía alrededor una ignorancia absoluta sobre el tema. A mí me interesa mucho la relación emocional, estética e intelectual de las personas con el espacio que habitan. Y no me veo como un reaccionario, es que siempre me ha parecido más lógico, más orgánico, más humano.



Más que reaccionario, un visionario… De hecho fuiste el primero, en los ochenta, en reivindicar un tipo de arquitectura muy vilipendiada entonces, y hoy más admirada: la de la Costa del Sol de los años sesenta y setenta. ¿Ves alguna relación entre esa arquitectura y la imaginativa de tus cuadros? Mi defensa de esa arquitectura surgió de una forma muy sencilla. La familia de mi madre residía en Tarifa. Y la de mi padre, en Málaga. Desde que nací, iba de un sitio a otro constantemente. Y claro, en esos viajes, a lo largo de los años vi cómo se desarrollaba la Costa del Sol. Esa fascinación mía por la arquitectura viene de muy niño, tendría unos cinco años; vi cómo se construía el Pez Espada, los chalets modernos… Para mí ese viaje, lejos de ser aburrido, resultaba fascinante, y me sigue impresionando, aunque la Costa del Sol ha ido degenerando por sobreexplotación. Pero hay muchos sitios en donde sigo pensando que no quedó del todo mal [risas].



El segundo amor que se ve en esta exposición es por la historia de la pintura: el gótico, los primitivos flamencos, todo el renacimiento italiano, con especial énfasis en el manierismo, y el rococó francés. ¿Por qué siempre te saltas el barroco español? No, no. Quizá, relacionándolo con la arquitectura, es porque el barroco español es muy poco barroco [risas]. Pero tengo adoraciones absolutas por Velázquez o Zurbarán, que siempre me produce una sensación especial cuando estoy delante de uno de sus cuadros. Tiene el don de la gracia y una belleza muy esencial. Lo que pasa es que a mí me gustaban las cosas bonitas desde niño, y al final he llegado a tener un conocimiento muy vasto y profundo de toda la historia del arte. No solo del occidental, ¡también el japonés o el chino!



Ese es el tercer amor tuyo en esta exposición: la historia y el conocimiento de la cultura. ¿Cómo ves el mundo hoy, que gracias a las redes sociales, está tan anclado en una obsesiva contemplación del presente individual?

Pues he de reconocer que me entra un poco de sensación de angustia. Es como una nueva Edad Media, pero tecnológica, con todo ese oscurantismo a través de los aparatitos. En vez de haber creado una sociedad que fomente la belleza, la fe en la cultura, es como una exacerbación de lo banal, de la nada. Lo que veo no es tanto una falta de cultura como una falta de amor por la belleza de las cosas. Un cultivar el gusto. Es todo excesivo y hortera. Pero es la época que nos ha tocado vivir, y también hay cosas interesantes. Lo que no impide que sea un poco pesimista… Esto del crecimiento económico continuo afecta a todo, y no para bien. Recuerdo de joven bañarme en las playas de Tarifa desnudo y sin nadie alrededor. Hoy es imposible: están a rebosar de turistas. Creo que se desborda la escala humana en todo. Y resulta todo demasiado impositivo: no puedes huir de ello.



Ya que has mencionado la desnudez: los hombres desnudos son una constante en tu trabajo. A veces eres tú mismo. Y se reproducen entre lo incitante y lo desvalido… Es lógico. He sido totalmente consciente de mi homosexualidad desde siempre. Y desde ese punto de vista, lo he pintado. No lo voy a convertir en lo que no es: la presencia del hombre desnudo es algo que evidentemente me atrae. Aunque haya utilizado también la imagen de la mujer. Y tienes razón, hay un poso de autorrepresentación, aunque a veces dudo que sea yo mismo… Mi pintura siempre ha hablado de mi vida, de las cosas que me han pasado, de la soledad frente a los objetos, de la melancolía, y también tienen un lado… bueno, aunque la palabra no me gusta, digamos “místico”. Algo un poco más profundo. He utilizado mucho en mi obra, aunque en esta exposición no hay nada, la idea de la unión de Cristo y Dionisos. Es algo que reviso constantemente: esa contraposición del sufrimiento y la evasión, relacionado con el mundo de la iconografía de Cristo, pero representado claramente desde otro punto de vista. Aunque a veces la gente esto lo interpreta de una forma muy errónea.


(Éste es un extracto del artículo publicado en Shangay.com)