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Creando en cuarentena: Raúl Gil

Con ésta nueva sección buscamos presentar el trabajo de aquéllos jóvenes que están haciendo de ésta cuarentena un momento importante para la creación.




Raúl Gil tiene tan sólo 22 años. Nació y vive en Barcelona, donde estudia Derecho y Criminología en la Universidad Autónoma (UAB). es coordinador de voluntariado del proyecto de Sala Familiar de la Fundación Infantil Ronald en el Hospital del Vall d’Hebron. Llevo desde los 18 años involucrado en causas sociales, en las cuales siempre ha sido muy activo.


Ésta cuarentena, Raúl se ha dedicado - entre otras cosas - ha seguir escribiendo su novela, 'La Ciudad Invisible': "de adolescente, y tras terminar de leer 'Marina', de Carlos Ruiz Zafón, me prometí que algún día escribiría un libro que hiciera sentir lo que yo sentí al leerlo. En verano de 2016, una madrugada, en un mirador desde donde se podía ver toda Barcelona, reflexioné que cada luz que veía escondía una historia detrás de ella y a raíz de ahí empecé a tejer la trama de la novela con la ciudad de Barcelona como telón", cuenta Raúl en exclusiva para Liceo Magazine.


El resultado ha sido 'Pasos silenciosos al final del túnel', una novela que Raúl va escribiendo y compartiendo con sus amigos a través de Dropbox, con el fin de recibir su feedback. ¡Esos amigos ya son más de 300 lectores!


La sinopsis de ésta historia en construcción reza "en la Barcelona de los años 70, un melancólico Elliot Duval trata de superar la trágica muerte de su padre. Durante un trabajo escolar descubre que su colegio esconde un doloroso secreto del pasado que se remonta a la época de la Guerra Civil. Un misterioso ex-alumno que parece haber desaparecido de la faz de la tierra y una peligrosa criatura llamada Belcebú llevarán a Elliot a los lugares más siniestros y tenebrosos de la ciudad en busca de respuestas". Luce como un prometedor best-seller.


Sobre los planes para su publicación, Raúl nos comenta: "a pesar de que intento centrarme en la escritura y no pensar mucho en ello hasta que la haya terminado, mi principal idea es enviarla a varios concursos literarios y posteriormente poder enviarlo a editoriales que se ajusten a la temática de la novela. En el caso de que no tuviera suerte en el mundo editorial, no descarto la autopublicación".


Sin lugar a dudas, Raúl es todo un ejemplo a seguir.


Os dejamos en exclusiva el prólogo de la obra. Por favor, deja tus comentarios a Raúl más abajo o contáctalo directamente en su página de Instagram: @whysoserious497




PRÓLOGO:


Sus pasos resonaban a través de las paredes, poniéndolo cada vez más y más nervioso.

Cada dos o tres zancadas se giraba, asegurándose de que aún estaba suficientemente

lejos de ellos. Los escuchaba gritar y, consecuentemente, el eco de sus pasos. Miró

fijamente a su acompañante, que se las iba arreglando para caminar lo más rápido

que podía.

–Vamos, ya queda poco para llegar –gimió.

Bajó la vista a la altura del abdomen y vio que el vendaje estaba nuevamente

empapado de sangre. Sabía que en sus condiciones ya había sido un logro conseguir

sacarlo de la cama, pero era un motivo de vida o muerte. Le miró la cara al viejo y

pudo ver como le caía el sudor por su rostro y mejillas, aunque no estaba seguro del

todo que lo que brotaba de ellas fueran gotas de sudor. Llevaba planeando el escape

cerca de una semana, pero el estado de su acompañante había empeorado en los

últimos días y había tenido que esperar. Pero ya no podía retrasarse más; si no lo

hacían hoy, no conseguirían huir. Dicen que cuando te encuentras en una situación

tensa te pasan muchos pensamientos por la mente y ese momento se hace eterno.

Bruno pensaba en cómo lo había descubierto todo; en las mentiras que había oído.

Pero sobretodo pensaba en Belcebú. Ese nombre llevaba repitiéndose en su cabeza

una y otra vez desde que lo escuchó por primera vez hacía un par de años.

En ese momento no sabía qué era real y qué no; no sabía quiénes habían sido

llevados por Belcebú y quiénes habían sido llevados por las personas que los

perseguían. Había probado ese camino un par de veces esa semana, asegurándose

que estaba libre de obstáculos que no hicieran que él y su acompañante quedaran

atrapados, no solamente en el túnel, si no también en las garras de sus perseguidores.


Lo miró fijamente a los ojos, y le dijo, intentando parecer convencido:

–Vamos, ya queda poco. Sigue andando, ¡Sigue!

En ese momento sus rodillas cedieron, cayendo ambos al suelo. Bruno se levantó

rápidamente y le cogió por debajo de los hombros, en un vago intento de levantarlo.

–¡No, no, no! –gritó–. No te puedes rendir ahora, ¡tienes que seguir!

Miró hacia atrás y comenzó a ver las fugaces luces de las lámparas de queroseno. Se

estaban acercando y se les agotaba el tiempo. Oía sus pasos cada vez más y más cerca,

signo de que habían perdido la poca ventaja de la que disponían. Cogió con todas

sus fuerzas al malherido hombre y lo levantó, rodeando con su brazo su cabeza y

dejando que apoyara todo el peso en él. Siguió adelante, dando un paso, pero al dar

el segundo sus piernas fallaron y ambos cayeron de nuevo al suelo. Bruno miró

fijamente a los ojos del pobre hombre y, agarrándole la barbilla con la mano derecha,

le dijo:

–¡Vamos! Tenemos que salir de aquí. No se te pueden llevar. No ahora que lo sé

todo. Ahora que sé quién eres tú y quiénes son ellos.

El nombre de Belcebú se le volvió a pasar por la cabeza. ‘’Maldita criatura’’, pensó.

Acto seguido, volvió a coger en brazos al hombre y comenzaron a andar. Parecía que

sus palabras habían tenido efecto, porque ahora ambos andaban con rapidez. Miró

a un lado y vio la primera viga. ‘’Tres más y el pañuelo’’, pensó. Contó la primera,

cinco pasos; la segunda, cinco pasos; la tercera, cinco pasos. Y ahí estaba, justo donde

lo había dejado la noche anterior: el pañuelo. Eso quería decir que estaban cerca.

Muy cerca.


Bruno ayudó a sentar a su acompañante en el suelo, apoyado contra una viga. Cogió

el pañuelo y se lo puso en el bolsillo trasero de su pantalón de lana. Después de

apartar el sudoroso pelo de su cara se dispuso a abrir la gran puerta de madera que

estaba frente a ellos. Empujó fuerte, pero algo la mantenía cerrada por fuera.

‘’Mierda’’, gimió por dentro. Giró su cabeza y pudo ver de nuevo las luces. Se estaban

acercando mucho, y sólo tenía una oportunidad. Dio dos o tres pasos hacia atrás y

cogió carrerilla. Emprendió la puerta con todas sus fuerzas, una y otra vez. Después

de tres intentos, su hombro comenzaba a resentirse. Pensó en como la gente daba

por hecho que vivir en una guerra implicaba que las únicas barbaridades que se

hacían eran las de la propia guerra. Qué equivocados estaban. En época de guerra

se hacen las barbaridades que el ser humano hace de por si sólo sumadas a las

barbaridades que se suelen hacer en conflicto. Volvió a mirar atrás y entonces vio el

rostro de Belcebú. Lo miraba fijamente a los ojos, listo para devorarlo por última vez.

Bruno cogió de nuevo carrerilla para arremeter contra la puerta una vez más. Esta

vez, sabía que sería la última.

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